La fuerza de lo invisible | José Unda

6 de mayo - 10 de junio, 2010

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Sobre la muestra

“El arte se hace por amor a la vida y debe integrarlo todo, hasta lo que no existe pero que existirá en algún momento. Es también lo cíclico, lo que se va y vuelve como la respiración”. (José Unda, 2008)

José Unda no empieza su aventura con el arte cuando ingresa a la Escuela de Bellas Artes a los 14 años. En realidad, lo hace tiempo atrás, y más adelante. De niño amaba la música sobre todo y el trabajo de los artesanos que abundaban en su entorno. Lo hacía de un modo que no le era enteramente comprensible pero que empezó a cobrar sentido cuando, a través de dibujos de instrumentos que él sólo imaginaba, surgían de sus manos la guitarra, el piano, el violín o la flauta que él quería tocar. Pero las flautas que él dibujaba eran largas y sinuosas, de muchos agujeros; las guitarras y los violines tenían un montón de cuerdas como si con esa abundancia, dice él, “pudiera originar una música más extensa, casi infinita”.

Años más tarde, cuando Manuel Viola llega a Quito y lo toma como asistente en su taller de la Escuela de Bellas Artes, la pintura cobró para él otro sentido. Experimentó entonces lo que el gesto en la plástica significaba: se había pasado todo un día cubriendo el fondo de un gran cuadro con una brocha pequeña, con gran eficiencia, creía él, y mucha conciencia de su oficio. Pero Viola llega y con un “coño, qué has hecho con el fondo”, empezó a desbaratar todo lo que durante ese tiempo en la Escuela había aprendido. Derramó entonces el español la pintura sobre el fondo y con tres brochazos enormes, lo había cubierto todo en segundos de una manera extraordinaria. Sobre la tela acostada quedaban las texturas de la pintura remecida y los surcos de la brocha pero, sobre todo, se fijaba la huella del gesto, del instante que se va y no se repite.

A Unda, sin embargo, como a todo creador, le perseguía la disconformidad, principalmente con el medio pequeño e incluso “mezquino para ver, vivir y percibir” donde él, y otros como él, se desenvolvían. Parte entonces a Canadá, desde donde toma contacto con la obra de Jackson Pollock, Robert Motherwell y Mark Rothko, entre otros, la que le impresionará profun- damente tanto en lo humano como en lo artístico. Ellos, junto a Milton Avery, le llevarán a tomar aún más conciencia de la lucha cotidiana del artista por conquistar su libertad, una lucha siempre desgarradora entre lo íntimo, lo propio y lo establecido, y que sólo puede acabar con la muerte: la del arte o la del artista.

Renuncia entonces, después de una corta experiencia, a trabajar con exclusividad para una importante galería de arte en Toronto. Prefiriere el cierto anonimato que llevaría durante los 21 años que estuvo en el extranjero.

“Uno debe perderse para volverse a encontrar”, afirma Unda cuando recuerda su vida lejos del Ecuador. “Afuera, uno siempre es el ‘otro’, “es vivir en dicotomía”, añade. Pero el contacto con el mundo exterior le sirvió para volver al mundo interior, como dice él, un mundo originario que reencontró con mayor intensidad a su regreso.

Desde entonces, sobre el caballete horizontal, la obra de José Unda se resuelve en una suerte de ritual que obedece a la necesidad de aventurarse todos los días a lo desconocido; es un viaje que va al encuentro de la vida misma con la convicción de nunca detenerse, de pelear hasta el final con la nobleza de quien no se deja ganar del susto, ni a quien lo fácil lo con- vence. “Hay obras que se revelan rápidamente y otras que son testarudas, pero siempre hay que destruir el casualismo”, dice Unda. “Hay que controlar sin controlar, hay que ser dueño en libertad”. Es en este proceso donde él reviste al gesto de intención, escucha el sonido del universo y palpa la voluntad de la materia. Porque la materia tiene su propio peso, su ritmo, su fuerza que se respetan y se dejan ser dentro de la forma artística. “El arte está vivo”, añade él, “se transforma, se reforma, evoluciona”.

Sin embargo, el arte a diferencia de la naturaleza está revestido de conciencia y es esa conciencia la que se gesta en la huella. Es la poética que se hace en la ausencia: la de palabra, la del gesto, la del sonido; es la que se escapa, se sugiere o se evoca, y no está allí. Es esa que se deja ir…

Como en la música, la obra de José Unda es hasta hoy secuencia cinética, sonidos y silencios en el tiempo, huella de color austero que transita por el lienzo o el papel; gesto revestido de intención que ahuyenta el casualismo y sostiene en transparencias el fluir de la materia. Es sólo lo que se va y vuelve como la respiración.

 

Fotos exposición