Memoryscapes: revisited | Harmut Landauer

21 de junio -  19 de julio, 2012

Sobre la muestra

Tras más de una década dedicada a la figuración y otros 10 años de búsqueda, Hartmut Landauer encuentra finalmente su territorio en la abstracción, aunque sea sólo para dejarla atrás. Su última obra recuerda la posibilidad de una reconstrucción arqueológica del mundo perdido del pintor: de la fragmentación y la desintegración surge una obra nueva e independiente que se traduce en la súper y yuxtaposición de capas de materiales, de formas, de memorias, de conciencias.

Los lienzos de su serie memoryscapes acumulan por tanto historia en sus estratos. Así es como este artista ha ido paulatinamente ampliando su espacio, tanto el espiritual y el físico, como el suyo propio y el del arte: él es a la vez migrante y creador de sus propios mundos.

La suspensión de la libertad o la responsabilidad frente a la obra

La disposición y superposición de capas en los lienzos, y el cortar y descomponer en los objetos es para Hartmut Landauer la única manera posible de regresar a la forma completa, a lo entero. A través de esta especie de patchwork, los detalles entretejidos,  más bien de “retazos zurcidos” se manifiestan como algo completo. La libre deconstrucción y recomposición sirven no solamente para crear una nueva unión a partir del fragmento, sino para dar origen a otra totalidad. En este proceso, el principio básico es el “hacer” deconstructivo que por un lado genera la dinámica y dirección necesarias para la realización de la obra y que, por otro, abre el paso a la intuición y a lo casual. Así, las obras muchas veces resurgen de los escombros como el ave Fénix.

En Hartmut Landauer, la creación permanente se alimenta de la curiosidad y de la voluntad de dar origen. Se crea porque el propio ser así lo exige: lo que nunca ha existido desea salir a la luz. Para ello, todo lo que al artista se le cruza en el camino se convierte en posible pieza de un especie de rompecabezas contemporáneo, cuyos principios y formas cambian o se destruyen constantemente para crear un nuevo orden. Así, de un aparente caos de líneas y formas surge, lentamente, una composición. Las decisiones se toman en gran parte de manera intuitiva y el resultado podríamos llamarlo de libertad suspendida: de entre todas las versiones posibles sólo una consigue materializarse.

Lo mismo sucede con sus objetos que, comparados con sus lienzos, parecen más frágiles y ligeros. Una inmensa colección de papel y cartón, de carpetas y libros viejos sirve de archivo sensual para la breve y espontánea realización de ideas collagées. Se corta, se une, se cambia innumerables veces hasta que el material original se transmuta en un nuevo ser. De esta manera Hartmut Landauer se permite lo que no le es posible en su pintura: plegar, envolver, perforar y juntar formas recortadas en vez de solamente disponerlas y superponerlas en capas.

Mientras el lienzo, inmóvil, inalterable, sólo se deja hojear mentalmente a través de su historia, el objeto -más frágil, plegable y anárquico- se resiste a ser concluido y, únicamente - mediante su fijación sobre la pared o disposición sobre una mesa- adquiere una posición determinada que podríamos comparar al entumecimiento de un insecto al ser capturado. Son éstos, precisamente, objetos móviles, módulos inestables con múltiples posibilidades de pliegue que se resisten a cumplir una función específica. Sólo la técnica elegida impone límites: los cortes rectos de cantos y lados en los objetos se deben a la utilización de una regla metálica y a la cinta de enmascarar que además, en los lienzos, reserva espacios para después rellenar con espátula, con pintura acrílica y arena.

Este recurso, en su desarrollo tanto formal como informal o casual, añade un fundamento estético y un lenguaje propio que más tarde serán esenciales para la comunicación con el espectador. El nuevo rigor formal podría compararse con el de la libertad de improvisación en la armonía musical donde lo casual se asienta en una lógica no tradicional.

El tiempo trabaja también con la obra: las sucesivas capas de arena y pintura superpuestas, pegadas y moldeadas con plantillas o esténcils, van emergiendo desde el esquema, a través del “esqueleto” del cuadro, hacia la superficie, mostrando una geología de formas cubiertas o vacías que constituyen la memoria del cuadro. Su densidad formal y tensión espacial, por tanto, son fruto del propio proceso, del hacer y del transcurso, así como su fuerza es sólo la expresión de la autenticidad de ese proceso creador. Así, cuando la obra está lista para separarse, para desatarse de su creador, ésta se muestra como un ser independiente que, a pesar de todo, quedará por siempre atado a la historia de su creación.

Para este artista, el siglo XXI se manifiesta como el siglo de la desintegración pero donde la modernidad aún no está concluida ni artística, ni históricamente. Darle continuidad mediante la forma destruida es un trabajo, por tanto, enormemente complejo pues es la búsqueda de lo entero a través del fragmento, pero sin abandonar la simplicidad y la belleza del espíritu moderno. Eso son las solapaduras y los tijeretazos, dice él, los desvíos conscientes hacia lo simple y lo bello y que en su obra se traducen en purismo estético y minimalismo. Su lenguaje contemporáneo es el resultado y no el propósito de su desarrollo artístico. Precisamente allí, donde la forma destruida y reconstruida se sostiene, entre las capas troqueladas y taraceadas que se ocultan y se revelan, en sus inestables y frágiles objetos plegables que, finalmente, no son otra cosa que extensiones físicas o cinéticas del estrato y del cuadro, se resuelve por otra parte su espíritu posmoderno.

La libertad de la abstracción

Puede ser que los enormes lienzos con sus sutiles relieves y los objetos de papel taraceado evoquen maquetas arquitectónicas o formas reminiscentes de otros mundos (como sugieren sus títulos), pero no hay duda de que son lo que son: objetos propios, sin objetivo más que su ser en el mundo. No son sustitutos de nada, ni de cosas ni de espacios, no son representaciones, sino ideas libres e independientes que se han encarnado en el mundo visible.

“Las cosas y los espacios son extensiones de nosotros mismos”, dice el artista, y con ello sugiere que se crea un lugar para aquello que ya no cabe en nosotros.

“Al crear no sólo hago visible una idea oculta sino que esa idea situada en el espacio de pronto crea un nuevo y propio mundo”.

Finalmente, todo esto encarna lo que para Hartmut Landauer es primordial en la vida y en el arte: la esencia de la desintegración es la transformación así como la posibilidad de cambio está en lo desconocido. 

“Sólo se puede crear algo que no se sabe cómo será. Las cosas nacen por voluntad propia.”

 Joachim Fleischer/ Hartmut Landauer, 2012

 

Fotos exposición